
Věra Čáslavská: una historia de deporte, valentía y libertad
Una melodía mexicana trae de regreso el recuerdo de los Juegos Olímpicos de 1968 y de una gimnasta checoslovaca que desafió al poder soviético. Una historia donde el deporte, la política y la defensa de la libertad se encontraron en un mismo escenario.
Por Eugenio Talep Pardo
Abogado | Magíster en Derecho Penal
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío:
¿y yo con más albedrío
tengo menos libertad?
La vida es sueño — Pedro Calderón de la Barca.
A veces sucede que un aroma, un color o un sonido trae consigo un recuerdo, una vivencia que, como un rayo, vuelve de pronto a nuestra memoria.
Hoy, como fiel auditor de la radio que nos cobija los días viernes, sintonizo su frecuencia y, tras la apertura del programa, comienzan a escucharse los sones de una melodía mexicana. Bastaron aquellos acordes para hacerme retroceder hasta el año 1968.
Eran los primeros tiempos de las transmisiones internacionales de grandes espectáculos deportivos. Se desarrollaban los Juegos Olímpicos de Ciudad de México y, cada noche, la televisión nos ofrecía imágenes de los acontecimientos más destacados de la jornada.
Entre aquellas filmaciones hubo una que quedó grabada en mi memoria. Mostraba a una gimnasta checoslovaca desarrollando su rutina de piso, una modalidad de la gimnasia artística que, por entonces, era prácticamente desconocida para muchos de nosotros.
En aquellos años, estas presentaciones solían acompañarse de piezas musicales de compositores clásicos, como Bach, Liszt, Chopin o Tchaikovsky. Era una disciplina que reunía algo de deporte, algo de danza y una extraordinaria destreza corporal.
Sin embargo, aquella gimnasta tomó una decisión tan audaz como inesperada: desarrolló su coreografía al ritmo de música tradicional mexicana.
Sí, créalo. La música de los charros, de los sombreros y de aquellas melodías populares profundamente arraigadas en la cultura mexicana se convirtió en el acompañamiento de una de las actuaciones más recordadas de aquellos Juegos Olímpicos.
La protagonista se llamaba Věra Čáslavská.
Su presentación conquistó al público presente en el gimnasio y, posteriormente, al pueblo mexicano, que terminó convirtiéndola en una verdadera ídola.
Pero detrás de aquella sonrisa, de sus movimientos y de sus triunfos deportivos, existía una historia mucho más profunda.
Una deportista en tiempos de la Guerra Fría
Para comprender la importancia de aquella presentación debemos recordar el contexto histórico.
En 1968, el mundo vivía en pleno desarrollo de la denominada Guerra Fría. Checoslovaquia, país de Europa Central, formaba parte del bloque socialista y se encontraba bajo una fuerte influencia política de la Unión Soviética.
A comienzos de ese año asumió el liderazgo político Alexander Dubček, quien impulsó un proceso de reformas que buscaba ampliar las libertades civiles, reducir la censura y modificar aspectos del sistema político y económico.
Aquella experiencia pasó a la historia como la Primavera de Praga.
Sin embargo, las aspiraciones reformistas encontraron una respuesta brutal. Entre el 20 y el 21 de agosto de 1968, tropas de la Unión Soviética y de otros países del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia. Los tanques ocuparon las calles de Praga y pusieron fin, mediante la fuerza, a aquel intento de transformación política.
Meses antes, intelectuales, artistas y ciudadanos habían manifestado públicamente su respaldo a las reformas democráticas. Uno de los documentos más significativos fue el llamado Manifiesto de las Dos Mil Palabras, redactado por el escritor Ludvík Vaculík.
Entre quienes expresaron su adhesión se encontraba Věra Čáslavská.
Aquella decisión, nacida de sus convicciones personales, tendría consecuencias que irían mucho más allá del deporte.
Entrenar en el silencio de las montañas
Čáslavská ya era una figura destacada de la gimnasia mundial. Había obtenido una medalla de plata en Roma 1960 y cuatro medallas en Tokio 1964, tres de ellas de oro.
Era, por lo tanto, una de las principales esperanzas deportivas de su país para los Juegos Olímpicos de México.
Pero la invasión soviética cambió dramáticamente sus circunstancias.
Ante el temor de ser detenida por su posición política, debió ocultarse mientras continuaba su preparación para la competencia.
Lejos de los gimnasios y de las condiciones habituales de entrenamiento, encontró refugio en una zona montañosa. Allí utilizó ramas de árboles, troncos y elementos disponibles en el entorno para mantener su condición física.
Resulta difícil imaginar el contraste: una de las mejores gimnastas del mundo preparándose en la clandestinidad, mientras su país enfrentaba la ocupación militar.
Y, sin embargo, llegó a México.
México 1968: cuando el deporte también fue una expresión de libertad
En los Juegos Olímpicos de Ciudad de México, Věra Čáslavská alcanzó una consagración extraordinaria.
Obtuvo cuatro medallas de oro y dos de plata. En la prueba de suelo, su presentación al ritmo de melodías mexicanas, entre ellas el Jarabe tapatío, despertó el entusiasmo de los espectadores.
Aquella deportista, que había debido esconderse para entrenar, se transformaba en una de las figuras más admiradas de los Juegos.
Pero su actuación también tuvo un significado político.
Durante las ceremonias de premiación, cuando sonó el himno de la Unión Soviética, Čáslavská inclinó la cabeza y apartó la mirada en una silenciosa manifestación de rechazo a la invasión de su patria.
No necesitó discursos ni declaraciones. Bastó aquel gesto para expresar una posición que el poder soviético difícilmente podía ignorar.
En México, la gimnasia artística se convirtió así en un escenario donde también se manifestaban las tensiones políticas de la época.
La extraordinaria destreza de Čáslavská había conseguido lo que parecía imposible: enfrentar deportivamente la hegemonía soviética y, al mismo tiempo, recordar al mundo que su país había sido ocupado.
El precio de sus convicciones
Tras su regreso a Checoslovaquia, la deportista enfrentó las consecuencias de su posición política.
Las autoridades comunistas limitaron severamente sus posibilidades de trabajar y desarrollar su carrera deportiva. La mujer que había conquistado al público mexicano y acumulado triunfos internacionales terminó marginada en su propia patria.
Una verdadera exiliada dentro de las fronteras de su país.
Con el tiempo, pudo regresar a México para desempeñarse en actividades vinculadas al deporte, aunque las restricciones en Checoslovaquia continuaron durante años.
Fue necesario esperar hasta los cambios políticos de 1989 y la caída del régimen comunista para que su trayectoria y su valentía recibieran pleno reconocimiento en su país.
El escritor y dramaturgo Václav Havel, convertido en presidente de Checoslovaquia, contó con ella como asesora. Posteriormente, Čáslavská presidió el Comité Olímpico Checo y llegó a integrar el Comité Olímpico Internacional.
Su historia, sin embargo, ya había trascendido cualquier reconocimiento institucional.
Una medalla que no necesita ser entregada
No es necesaria una nueva medalla para dejar constancia de su calidad deportiva. Para eso están sus once preseas olímpicas —siete de oro y cuatro de plata— y los numerosos triunfos alcanzados en campeonatos mundiales y europeos.
Tampoco se necesita una condecoración para recordar su valentía frente a la tiranía comunista ni su decisión de luchar, pacíficamente, por la libertad de su patria.
Porque existen victorias que no se miden en puntos, medallas o podios. Son aquellas que permanecen en la memoria de los pueblos y que recuerdan que la dignidad humana puede imponerse, incluso, en circunstancias profundamente adversas.
Por eso, cuando vuelvan a escucharse en la radio aquellas melodías propias de México, no olvidemos a Věra Čáslavská.
A aquella extraordinaria gimnasta que conquistó al público con su talento y que, en tiempos de opresión, tuvo el coraje de defender su libertad.
EUGENIO TALEP PARDO
ABOGADO
MAGÍSTER EN DERECHO PENAL
Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente la línea editorial de Loncoche Informado.
Věra Čáslavská durante los Juegos Olímpicos de México 1968, donde conquistó cuatro medallas de oro y dos de plata. Fotografía: archivo histórico, Národní muzeum, vía Wikimedia Commons.



