
Menos emergencia y más prevención: Loncoche necesita anticiparse a sus riesgos
Por Andrea Flies
Cada invierno intenso parece devolvernos las mismas imágenes: caminos anegados, sectores rurales con dificultades de conectividad, canales desbordados y vecinos preguntándose por qué situaciones conocidas vuelven a repetirse.
Lo ocurrido durante las últimas lluvias debería abrir una discusión que va bastante más allá de este sistema frontal.
El verdadero problema no es solamente qué hacemos cuando llueve demasiado.
La pregunta de fondo es qué está haciendo Loncoche durante todo el año para anticiparse a riesgos que conocemos con meses -e incluso años- de anticipación.
Este invierno no llegó sin advertencias
Las inundaciones en sectores como Lumaco Sur no constituyen un fenómeno completamente desconocido. Vecinos recuerdan episodios similares durante décadas.
Y tampoco puede sostenerse que las condiciones meteorológicas de este año hayan aparecido repentinamente.
Los pronósticos climáticos estacionales fueron entregando con meses de anticipación señales respecto de las condiciones que podían presentarse durante el invierno y posteriormente durante la primavera.
Naturalmente, ningún pronóstico estacional permite saber en enero que determinado día de julio caerán determinados milímetros sobre Loncoche. No funciona así la meteorología. Pero sí permite anticipar tendencias y preparar los territorios.
Por eso la planificación preventiva no debería comenzar cuando aparece una alerta meteorológica para las próximas 48 o 72 horas. Para entonces, buena parte del trabajo debería estar realizado.
Si sabemos cuáles caminos se inundan, dónde colapsan alcantarillas, qué sectores tienen problemas históricos de drenaje y qué comunidades rurales pueden quedar aisladas, esas situaciones deberían revisarse durante el verano y otoño.
Hoy existen herramientas que hace tres décadas simplemente no estaban disponibles: imágenes satelitales, estaciones meteorológicas automáticas, modelos predictivos, información hidrológica y sistemas de alerta capaces de entregar antecedentes con bastante anticipación.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿estamos utilizando realmente toda esa información para prevenir o seguimos esperando que ocurra la emergencia para reaccionar?
El riesgo urbano también se conoce desde hace décadas
La situación del sector sur merece además una revisión más profunda.
El Plan Regulador de Loncoche ya contemplaba históricamente restricciones y condiciones relacionadas con áreas susceptibles de inundación.
Por eso corresponde preguntarse cómo evolucionó posteriormente la ocupación de esos terrenos, qué modificaciones urbanísticas se realizaron, qué medidas de mitigación se exigieron y qué obras fueron ejecutadas.
No corresponde afirmar sin revisar los antecedentes que determinadas restricciones simplemente fueron ignoradas. Pero precisamente porque existen antecedentes históricos sobre el riesgo, sería razonable transparentar qué ocurrió posteriormente con permisos, urbanizaciones, obras de drenaje y eventuales modificaciones del instrumento territorial.
Lo mismo ocurre con el sector denominado habitualmente como la parte “nueva” del Cementerio Municipal.
Si existen terrenos cercanos históricamente afectados por humedad, anegamiento o napas elevadas, resulta legítimo conocer qué estudios hidrogeológicos se realizaron y cuál es actualmente el comportamiento del agua subterránea después de episodios prolongados de precipitaciones.
No se trata de especular. Se trata de medir, estudiar y transparentar.
La primavera también viene con advertencias
Y aquí aparece otro punto que demuestra por qué la prevención no puede limitarse al invierno.
Especialistas de INIA han advertido durante 2026 que las condiciones asociadas a El Niño aumentan la probabilidad de una primavera más lluviosa en la zona centro-sur, con riesgo de episodios intensos durante septiembre, octubre y noviembre.
Eso puede ser positivo para las reservas de agua, pero también plantea dificultades importantes para la agricultura.
Las lluvias durante floración pueden afectar directamente las flores, disminuir la actividad de insectos polinizadores y reducir la cuaja de frutos.
La combinación de humedad y temperaturas más elevadas, además, crea condiciones particularmente favorables para enfermedades fungosas.
En frutales se ha advertido sobre patógenos como Botrytis cinerea y Monilinia, capaces de afectar tejidos florales y posteriormente comprometer el desarrollo de la fruta.
También pueden producirse retrasos en siembras, fertilizaciones y otras labores que necesitan suelos relativamente secos para ejecutarse.
En una comuna con una importante actividad rural y agrícola como Loncoche, estas advertencias deberían importar tanto como el estado de los caminos.
Porque una primavera excesivamente lluviosa puede terminar afectando directamente la producción y, finalmente, el bolsillo de pequeños y medianos agricultores.
El exceso de humedad ya está mostrando consecuencias en algunos rubros agrícolas del centro-sur. INIA ha advertido, por ejemplo, que la saturación prolongada de los suelos incrementa el riesgo de enfermedades radiculares como Phytophthora y que las precipitaciones durante períodos de polinización pueden comprometer la productividad.
Entonces la pregunta nuevamente es la misma: ¿qué estamos haciendo antes de que ocurra el problema?
¿Existe información preventiva dirigida a los agricultores locales? ¿Se están difundiendo recomendaciones sobre drenaje, manejo sanitario y enfermedades fungosas? ¿Hay coordinación con INDAP, SAG, INIA, PRODESAL u otros organismos para anticiparse a una primavera particularmente compleja?
Porque prevenir también significa proteger la producción agrícola.
Después vendrá el verano
Y cuando termine la primavera, los riesgos volverán a cambiar.
Llegarán temperaturas más altas, vegetación abundante que posteriormente comenzará a secarse, quemas agrícolas y nuevamente el peligro de incendios forestales.
Incluso existe una paradoja climática importante: una temporada lluviosa puede producir mayor crecimiento de vegetación, aumentando posteriormente la cantidad de combustible disponible cuando ese material se seca durante el verano.
Por eso los incendios tampoco deberían comenzar a preocuparnos cuando aparece el humo.
Los cortafuegos, limpieza de sectores críticos, identificación de fuentes de agua, accesos para vehículos de emergencia, coordinación con comunidades rurales y planificación de evacuaciones deberían comenzar mucho antes.
Exactamente igual que con las inundaciones.
La sequía tampoco comienza cuando se seca un pozo
Lo mismo ocurre con períodos de escasez hídrica.
Esperar hasta que una familia rural queda sin agua para comenzar a gestionar soluciones nuevamente significa trabajar desde la emergencia.
Una política preventiva debería conocer anticipadamente cuáles sectores presentan mayor vulnerabilidad, cuáles sistemas APR enfrentan dificultades, qué fuentes de abastecimiento alternativas existen y qué infraestructura requiere inversión.
Porque prevención significa precisamente eso: trabajar cuando todavía no existe una emergencia.
Tener planes no basta
Loncoche dispone de instrumentos de emergencia y reducción del riesgo. Eso es necesario. Pero un documento por sí solo no evita una inundación, un incendio ni una pérdida agrícola.
La verdadera evaluación debería realizarse sobre su ejecución.
¿Cuántos kilómetros de canales y cunetas fueron limpiados antes del invierno? ¿Qué alcantarillas fueron revisadas? ¿Cuáles eran los puntos históricamente inundables identificados? ¿Qué obras estaban pendientes? ¿Qué sectores agrícolas presentan actualmente mayor riesgo por exceso de humedad? ¿Qué acciones preventivas se están preparando para la primavera? ¿Qué cortafuegos estarán operativos antes del verano? ¿Qué sectores rurales tienen identificadas fuentes de agua ante incendios? ¿Qué comunidades cuentan con rutas claras de evacuación?
Y, especialmente: ¿qué institución es responsable de cada una de estas tareas?
Porque tampoco todo corresponde a la Municipalidad. Hay responsabilidades del Ministerio de Obras Públicas, SENAPRED, CONAF, Gobierno Regional, servicios del Ministerio de Agricultura y otros organismos públicos.
Pero una administración comunal sí tiene una responsabilidad importante de coordinación, planificación, información y representación de las necesidades del territorio.
Menos fotografías, más indicadores
Después de cada emergencia aparecen autoridades recorriendo sectores afectados, fotografías en redes sociales, reuniones y solicitudes de recursos.
Muchas de esas acciones pueden ser necesarias. Pero sería igualmente importante mostrar algo distinto: qué se hizo antes.
No cuántas fotografías se publicaron después de una inundación. Sino cuántas alcantarillas se limpiaron antes.
No cuántas reuniones se realizaron después de un incendio. Sino cuántos sectores críticos fueron intervenidos preventivamente.
No solamente cuánto dinero se solicitó después de una emergencia. Sino cuánto se invirtió para disminuir su impacto.
Ese debería ser uno de los indicadores mediante los cuales evaluemos la gestión pública.
Gobernar también significa anticiparse
Ninguna autoridad puede controlar la lluvia. Tampoco puede impedir todos los incendios, evitar cada enfermedad agrícola o garantizar que nunca exista sequía.
Pretenderlo sería absurdo.
Pero existe una enorme diferencia entre no poder impedir un fenómeno natural y no prepararse adecuadamente para uno que era previsible.
Hoy sabemos bastante más que hace 30 años. Tenemos mejores pronósticos, más información, imágenes satelitales, antecedentes históricos, mapas de riesgo y organismos técnicos capaces de entregar recomendaciones especializadas.
Por eso también deberíamos exigir una gestión pública más preparada.
Loncoche necesita avanzar desde una cultura centrada principalmente en emergencias y control de daños hacia una verdadera cultura de prevención, preparación y contingencia.
El invierno volverá. La primavera traerá sus propios desafíos. Después llegará el riesgo de incendios. Y en algún momento volveremos a hablar de sequía.
La naturaleza seguirá su curso independientemente de nuestras publicaciones en redes sociales.
Por eso quizás la pregunta más importante después de estas lluvias no sea qué hicimos durante la emergencia.
Es otra:
¿qué estamos haciendo hoy para reducir los efectos de la próxima?
Columna de opinión. Las opiniones expresadas corresponden exclusivamente a su autora y no necesariamente representan la línea editorial de Loncoche Informado.



