
Cuando la voz es solo una
De un tiempo hasta acá, los discursos de quienes ostentan «cargos» o «puestos» de representación parecen más interesados en brillar en los medios y redes sociales que en ejercer una autoridad comprometida con el bien común. Lo hacen vociferando escenarios que, a fuerza de repetirse, terminan generando un imaginario ficticio en las mentes de los oyentes. Ya no hablan para servir ni responder a la ciudadanía ante sus necesidades urgentes, sino que camuflan en estructuras opacas de palabras huecas, buscando ofrecer respuestas de variopinta creatividad y dudosa veracidad frente a constantes irregularidades. Así, en la niebla de lo real y lo irreal, se reproducen dinámicas de corrupción que han pasado de ser escandalosas, a ser vistas como rutina cotidiana. Y eso duele. Duele especialmente cuando la ciudadanía ha dejado de quejarse porque ha asumido la injusticia como parte del paisaje.
La reiteración de promesas vacías, planes ineficientes y narrativas que culpan al pasado o a otros, ha vaciado de contenido el debate político, dejándolo árido y áspero. Y cuando la política se vacía, gana terreno el oportunismo y la mentira. Por eso, urge recuperar la palabra pública como un espacio de escucha y crecimiento. Urge recordar que el otro actor político también es legítimo —tenga o no un “cargo” dentro de la sociedad— y que no habrá transformación posible sin reconocimiento mutuo.
Gobernar, en su sentido profundo, es educar. Y educar implica respeto, integridad y voluntad de diálogo. Pero eso parece lejano cuando la vulgaridad de ciertos argumentos proviene precisamente de quienes deberían elevar la conversación pública. La salud de una comunidad no depende solo de elecciones libres cada cierto tiempo, sino también de mantener, entre tanto, una conversación respetuosa: una en la que no prevalezcan las falacias ni las mentiras, donde no se banalice el rol del otro como si fuera un contrincante ilegítimo, valorando la otredad como “parte de”.
Cada vez que un líder insulta – y no hablo de elevar la voz o de improperios exclusivamente-, devora la esfera pública con palabras que siembran desconfianza y polarización. Porque una conversación siempre es entre dos o más. Cuando no lo es, lo que queda comienza a enquistarse en un autoritarismo ciego y recalcitrante y eso ocurre cuando la voz es solo una.



