
Crónica | La ruta que no fue: las 96 araucarias y el grito que detuvo las motosierras
Por el sur profundo, donde la tierra aún habla mapuzungun, una decisión del Ministerio de Obras Públicas devolvió la esperanza a quienes entienden que no todo progreso se mide en kilómetros pavimentados.
Durante semanas, el anuncio pasó de voz en voz entre las comunidades mapuche-pewenche: un proyecto vial del MOP pretendía abrir paso entre bosques milenarios en la región de La Araucanía. La noticia no era nueva —camino, conectividad, desarrollo—, pero esta vez el precio era inaceptable: 96 araucarias serían taladas para dar paso al cemento.
No cualquier árbol. No cualquier bosque. La pewen —como le llaman los antiguos— no es solo flora nativa; es símbolo espiritual, protector del territorio, memoria de los ancestros. Es, para el pueblo mapuche, un ser sagrado. Su corte no solo derrama savia, sino historia.
CONAF había dado el visto bueno, bajo la promesa de compensación: reforestación de 19 hectáreas, más de 5.000 nuevos ejemplares, informes técnicos y permisos en regla. Pero el impacto emocional, cultural y ecológico era otro. Las comunidades no lo permitieron. Tampoco las organizaciones ambientalistas, que levantaron la voz desde Icalma hasta Santiago.
La presión social fue creciendo como lo hacen las tormentas en cordillera. Y el Gobierno lo sintió.
Patricio Poza, seremi del MOP, fue quien bajó el telón. En una declaración pública confirmó que no se talará ni se trasplantará ninguna araucaria, y que el proyecto será rediseñado en conjunto con las comunidades, respetando el valor natural y simbólico del bosque.
“El camino no puede construirse a costa de nuestra espiritualidad”, dijeron los dirigentes pewenche tras las reuniones con autoridades. La carretera quedó suspendida, pero lo que se construyó fue un precedente: el desarrollo puede dialogar con la memoria, y no arrasarla.
Detrás de esta decisión, hay algo más que un gesto político. Hay un reconocimiento. A la tierra. A su gente. A un árbol que no es solo árbol. A un país que empieza —lentamente— a entender que el futuro también se escribe en mapudungun.
La historia de las 96 araucarias es una victoria que no sale en los balances de infraestructura. Pero quedará escrita donde importa: en la defensa de lo sagrado.
Fuentes:
La Tercera | Ladera Sur | Cooperativa | El Desconcierto



