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Hay un éxito del que casi nunca se habla en los discursos oficiales: el de quienes sostienen una familia a costa de sacrificar su propia vida.

En las ciudades dormitorio, miles de padres, madres, abuelos y abuelas se levantan antes del amanecer para recorrer largas distancias hacia trabajos que no existen en el lugar donde viven. Pagan horas de viaje, dinero en transporte, desgaste físico y, sobre todo, tiempo: el único recurso que jamás podrán recuperar. Su jornada no termina cuando salen del trabajo; continúa en el camino de regreso, mientras sus hijos crecen durante su ausencia.

Ese costo no aparece en ninguna estadística municipal. No se inaugura con una cinta, no se fotografía y no se celebra en ceremonias. Sin embargo, es el precio real que pagan las familias por la falta de un desarrollo económico capaz de ofrecer empleo estable donde viven.

Cuando un municipio presume pequeños logros, pero la mayoría de su gente sigue obligada a buscar el sustento lejos de casa, existe una contradicción imposible de disimular. Porque el verdadero progreso no se mide por plazas nuevas, eventos o anuncios; se mide por la cantidad de familias que pueden vivir unidas sin convertir la distancia en una obligación diaria.

Un territorio que aumenta su población sin aumentar sus oportunidades no está creciendo: está trasladando el costo de su desarrollo a sus habitantes. Son ellos quienes financian esa carencia con madrugadas interminables, cansancio acumulado y abrazos que siempre llegan tarde.

Por eso, quienes ocupan cargos municipales tienen una responsabilidad que va mucho más allá de administrar lo cotidiano. Su deber no es conformarse con gestionar el presente, sino trabajar para construir el futuro: liderar iniciativas, generar condiciones para atraer inversión, facilitar la instalación de empresas y abrir oportunidades que permitan a las familias vivir y trabajar en su propia comuna. La ciudadanía tiene derecho a exigir que ese compromiso sea visible y que los resultados estén a la altura de la confianza y de los recursos públicos que sostienen sus cargos.

Nadie trabaja lejos de quienes ama por gusto. Lo hace porque no tiene otra opción.

Y mientras esa realidad no cambie, cualquier discurso sobre desarrollo seguirá siendo incompleto. Una comunidad no prospera cuando solo aumentan las viviendas o se multiplican las actividades públicas; prospera cuando también crecen las oportunidades. Los vecinos ya hacen su parte. Se levantan de madrugada, soportan viajes interminables, sostienen la economía de sus hogares y, con sus impuestos, financian el funcionamiento del municipio.

Lo mínimo que pueden esperar es una administración con la misma urgencia y determinación para enfrentar el problema más importante de la comuna. En el servicio público, las buenas intenciones nunca han sido suficientes. La verdadera medida de una gestión no está en la cantidad de anuncios que realiza, sino en los cambios concretos que consigue para la vida de las personas. Porque ningún acto protocolar reemplaza el tiempo que un padre o una madre pierde lejos de sus hijos, y ninguna familia debería seguir pagando con su vida cotidiana el precio de una deuda de desarrollo que lleva demasiados años esperando respuestas.

Por: pazo Ponce Chris

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