Cada cuatro años, las calles y ferias de La Araucanía viven su propio espectáculo itinerante. Los candidatos —ya sean caras conocidas del poder local o rostros que brotan por arte de magia cada ciclo electoral— se multiplican entre jingles pegajosos, bailes de cumbia y coreografías improvisadas “por la gente”. Pero, apenas se apaga la música, la mayoría desaparece del territorio hasta el siguiente ciclo de votos.
La actualidad electoral en la región repite la escena sin variaciones: senadores, diputados y alcaldes se despliegan en plazas y mercados autorizados por el Servel, buscando la mejor foto, el viral más comentado o el “banderazo” que logre retener ese interés volátil de los vecinos. Esta lógica, permitida y hasta incentivada por la regulación, ha transformado la campaña en un show: toldos plegables, ferias temáticas y hasta concursos de comida se mezclan con “diálogos ciudadanos” que raramente pasan del saludo y la selfie.
En Loncoche, la escena cobra forma propia. El alcalde Alexis Pineda —ex DC— marca la pauta por su abierto apoyo a figuras como el senador Jaime Quintana y el diputado Henry Leal, quienes a su vez se rodean de concejales alineados en busca de puestos o favores futuros. Hay alianzas efímeras, pactos por conveniencia y un desfile de estrategias bajo la promesa de “trabajar por la gente”, aunque el foco se ponga en los intereses de la coalición más que en las necesidades reales de la comuna.
Este fenómeno no es cuestión de partidos. Es la expresión de un sistema político regional cerrado, donde la renovación, la participación y la transparencia se proclaman pero no se materializan. Las mismas caras, los mismos grupos, aseguran su permanencia a través de cargos, favores y votos transaccionales, mientras la ciudadanía observa desde la tribuna, cada vez más distanciada, más incrédula.
Los números lo confirman: la cultura del “baile y las migas” convive con una constante baja participación electoral, especialmente en las primarias, y un porcentaje creciente de indecisos que no logran identificar propuestas verdaderamente nuevas o cercanas a su realidad.
La pregunta de fondo: ¿cuánto de esa “cercanía con la gente” es genuina y cuánto es parte del espectáculo? Si la política se reduce a un baile frente a las cámaras, la democracia regional termina bailando sola, con una audiencia que se cansa del show y espera, con escepticismo, que llegue un ciclo de cambios de verdad.

