Un país no es rico porque tenga litio, petróleo o minerales preciosos. Un país es rico porque tiene educación. Educación no es acumular títulos, sino gestos y principios: dar las gracias al mesero cada vez que se acerca a tu mesa; no hablar mal de un compañero en su ausencia; respetar tanto a los mayores como a los menores, que no por haber vivido menos días merecen menos consideración. Educación es elegir no robar, aunque puedas hacerlo; es no mentir, aunque la presión te empuje al borde de la cornisa. Cuando un pueblo tiene educación, un pueblo es rico. En definitiva, la verdadera riqueza es conocimiento, pero sobre todo un conocimiento que se traduce en respeto ilimitado hacia los demás. Algo así explicaba Antonio Escohotado hace más de veinte años en un canal de televisión española. La pregunta es: ¿qué tenemos hoy?
Hoy abundan los videos de jóvenes en situaciones de alta vulnerabilidad y violencia, distintos en forma, pero igualmente tristes en fondo. Algunas de esas escenas nos conmueven porque son evidentes y concretas; otras, en cambio, pasan inadvertidas. Llegar tarde a clases, por ejemplo, es sancionado por directores e inspectores, y está bien: se trata de formar personas respetuosas y disciplinadas. Pero ¿qué sanción hay cuando las autoridades llegan tarde? En el mejor de los casos, conformismo.
¿Quién le explica a las madres y padres que sus hijos corren en evidente desventaja frente a otros ciudadanos, solo porque algunos gobernantes prefieren hacer tiempo y enfriar el partido para buscar una victoria moral? Nadie. Los mismos Nadie que Eduardo Galeano retrató como “hijos de nadie, dueños de nada”, los que sueñan con salir de pobres en un día mágico de lluvia a cántaros de buena suerte, y que mientras sueñan, los que patean la pelota fuera del estadio celebran victorias insulsas y vacías.
En esta cancha no hay ganadores y perdedores, solo hay perdedores: los Nadie. Porque mientras familias, ladrillo a ladrillo y gota a gota de sudor, levantan el sueño de dar educación a sus hijos e hijas, otros desguazan la educación pública a plena vista, mientras pasquines intentan justificar con frases ininteligibles lo que, sencillamente, es injustificable.
Pero todavía estamos a tiempo. La educación —la verdadera— no se decreta desde un escritorio ni se destruye con un recorte: se cultiva en cada gesto, en cada aula y en cada hogar. Si queremos un país rico, no basta con esperar milagros ni aceptar el juego de los que patean la pelota fuera del estadio. Nos toca exigir, construir y defender la educación como lo que es: el único patrimonio que, una vez entregado, nunca se pierde.

