La Internacional Demócrata de Centro (IDC), organización global que agrupa a partidos demócrata-cristianos y socialcristianos, emitió una dura declaración contra la Democracia Cristiana chilena (DC), acusándola de renunciar a sus principios al respaldar la candidatura presidencial de Jeannette Jara, militante del Partido Comunista.
La IDC no se anduvo con rodeos: afirmó que el apoyo a Jara no es una diferencia táctica ni programática, sino una “enorme contradicción” con el proyecto político fundacional de la DC, que surgió como una alternativa democrática frente a los totalitarismos del siglo XX. Citando al expresidente Eduardo Frei Montalva, recordaron:
Humanismo cristiano y comunismo: una alianza “imposible”
Desde la IDC y también la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA) se advirtió que el respaldo de la DC chilena al comunismo representa una ruptura moral y doctrinaria. A juicio de ambas organizaciones, el Partido Comunista chileno —y por extensión, su candidata— no han condenado los regímenes autoritarios de Cuba, Venezuela y Nicaragua, donde persisten violaciones a los derechos humanos, represión política y censura.
Ambas entidades anunciaron que elevarán la situación a sus órganos internos para evaluar posibles sanciones institucionales o medidas de distanciamiento respecto del partido chileno.
Crisis interna y renuncia de Undurraga
El respaldo de la DC a Jeannette Jara fue aprobado por un 63% de la Junta Nacional, lo que provocó la inmediata renuncia de su presidente, Alberto Undurraga, dejando en evidencia una fractura política que ya venía gestándose hace años.
Exfiguras como Ximena Rincón, Carolina Goic y Matías Walker han cuestionado duramente este giro ideológico. El analista Mauricio Rojas no dudó en declarar:
¿Supervivencia táctica o pérdida de identidad?
El episodio ha abierto un debate no solo nacional, sino global, sobre la identidad real de la Democracia Cristiana chilena. Mientras algunos defienden el giro como un acto de “unidad progresista”, la crítica internacional lo interpreta como una capitulación ideológica para sobrevivir electoralmente.
Y es que el humanismo cristiano —afirman desde la IDC— no se define por convenios electorales, sino por principios como la libertad, la dignidad y el rechazo a toda forma de autoritarismo.

